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Revista Internacional de Intervenciones en Salud Emocional, editada por Teodoro Sanromán, director de Qualia, Psicología y Salud Emocional, centro especializado en Terapia Gestalt.Riisa-e. Revista Internacional de Intervenciones en Salud Emocional.

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Revista Internacional de Intervenciones en Salud Emocional, editada por Teodoro Sanromán, director de Qualia, Psicología y Salud Emocional, centro especializado en Terapia Gestalt.

El yo, una construcción cerebral

No tiene una localización exacta en el cerebro y es posible que existan distintos tipos de yo o de consciencia  

El yo racional o la autoconsciencia solo gobierna una pequeña parte de nuestra actividad cerebral y su función es la de predecir la conducta de los otros. Los límites del yo no son fijos y ciertos experimentos como patologías nos muestran su fragilidad.

31/01/2013 por Qualia.

    

La neurociencia moderna se plantea la existencia del yo, que desde antiguas civilizaciones se define como una ilusión, una construcción fruto de la actividad cerebral que se genera en nuestro propio beneficio, y que aísla al sujeto de su entorno haciéndole creer que tiene una autonomía que no es real. Una cuestión contradictoria cuando todos tenemos la sensación, como en una especia de quimera de que en alguna parte del cerebro existe un lugar donde todos los sucesos mentales convergen y son experimentados. Sin embargo, como explica el doctor Francisco J. Rubia, no tenemos ninguna prueba de la existencia de algo permanente en nosotros mismos, todo lo que nos rodea y todo lo que somos, es efímero y perecedero.
Vivimos en una realidad virtual. Nuestro cerebro crea la experiencia del yo a partir de una multitud de experiencias, tanto las que llegan a través de nuestros sentidos como las que hemos almacenado en nuestra memoria. A su vez construye un modelo del mundo exterior y teje las experiencias para formar una historia coherente que le permita interpretar y predecir futuras acciones, por una cuestión de supervivencia.
Solo conocemos lo que percibimos. Los colores, los sonidos, los gustos y los olores no existen ahí afuera, sino que son atribuciones de nuestra mente. Si falta alguna información, el cerebro la suple para generar una historia plausible aunque no sea completamente exacta.

¿Qué sentido tendría esa ilusión del yo? Predecir la conducta de los otros. La autoconsciencia sería, pues, el invento del yo para saber qué harán los otros.

El yo unificado puede ser una construcción cerebral, como muestran los experiencias de cerebro dividido. La división de las conexiones entre los dos hemisferios crea un segundo yo hasta ahora desconocido porque el yo del hemisferio dominante o parlante se había considerado el único. Uno de los resultados más sorprendentes de estos experimentos es la capacidad de interpretación del hemisferio izquierdo de la conducta iniciada por el hemisferio derecho. Cuando no conoce las razones de la conducta del organismo se inventa una historia plausible para interpretarla. En otras palabras: para ese yo del hemisferio izquierdo una historia plausible, pero falsa, es mejor que ninguna.

Llama la atención el hecho de que atribuyamos al yo la mayoría de la actividad cerebral, cuando en realidad el yo racional es una instancia tardía en comparación con el inconsciente que gobierna la inmensa mayoría de nuestra actividad cerebral al servicio de la supervivencia.
  

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