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Qualia

Entrevista: Ana Jiménez, "¿Lo estamos haciendo bien en la educación de nuestros hijos?"

Un espacio en el que conocer más profundamente a los Terapeutas y Psicólogos que colaboran estrechamente con Qualia, Psicología y Salud Emocional, así como su relación con la Terapia Gestalt y su trayectoria.

Sacar lo mejor de nosotros mismos y respetar su desarrollo, claves en el aprendizaje del niño

No hay un manual para ser padres o madres, y nuestra experiencia pesa mucho a la hora de educar. La Terapia Gestalt llama la atención sobre la transmisión de una educación en valores, de respetar los ritmos del niño y favorecer el desarrollo de sus potencialidades y el conocimiento de sí mismo. Es misión de los padres poner límites, pero también compensarlas con un valioso tiempo de libertad, porque tan importantes son las matemáticas para nuestro hijo como socializarse



Se suele decir que “nadie nace sabiendo, que ser padre como todo se aprende con el tiempo”. Sin embargo es habitual entre los progenitores la inquietud de si estaremos cumpliendo bien esta tarea. Nuestros aprendizajes influyen mucho, conocemos los obstáculos y vicisitudes a las que nuestros hijos tendrán que enfrentarse, y saber ayudarles en su justa medida es complicado. Nos planteamos a diario como protegerlos, motivarlos y valorarlos, pero sin excedernos. A menudo caemos en la tentación, y otras por el contrario, nos puede el estrés y los nervios. Somos nosotros los que adoptamos un comportamiento poco adecuado y deviene el sentimiento de culpabilidad. Nadie es perfecto, no existen super-papás. Lo que aprendimos en nuestra niñez o con la crianza de un hijo, con otro puede que no nos sirva, porque su individualidad le hará poseer unas necesidades particulares y a cada uno le influirá de manera diferente. Podemos sacar partido a todo lo bueno que tenemos, pero no ponernos un listón porque no existen padres perfectos. Nuestros defectos y virtudes forman parte del aprendizaje de nuestros hijos, y con nuestros éxitos y fracasos los haremos más humanos. Acompañarles en su desarrollo y guiarles mientras crecen, tenderles una mano en la que apoyarse siempre que lo necesiten no es una tarea ni mucho menos fácil; pero ello no significa que sea una de las experiencias más enriquecedoras.

Conversamos con la psicóloga de Qualia, Ana Jiménez, especialista en terapia infantil. Con ella profundizamos en las problemáticas comunes a la educación de los hijos desde el enfoque de la Terapia Gestalt.


Ya ha comenzado el curso escolar, dejamos atrás una etapa de descanso, de libertad y permisividad y nos sumergimos en la rutina, que conlleva muchos cambios para toda la familia. ¿Cómo realizar esta adaptación a normas, horarios…?


Ana:
Hay padres que viven como una liberación el comienzo del curso escolar, y otros por el contrario como algo muy estresante porque tienen que comprar el material escolar, poner unos horarios, límites…La planificación hay gente que le viene bien y a otras las saca de quicio. Por tanto hay que preguntarse ¿quién está estresado, el padre o el niño? Vivimos de un modo muy estructurado, casi neurótico, y se nos olvida el ser humano y sus necesidades.

 

Repetimos patrones aprendidos, claramente somos producto de nuestra experiencia y nos sorprendemos aconsejando a nuestros hijos con frases que antes nos dijeron a nosotros nuestros padres. ¿Cómo evitar transmitirles nuestros miedos o frustraciones?

Ana:
Los miedos y preocupaciones del padre/madre son una cosa, y los de los niños son otra, y podemos estar proyectando sobre el niño lo que nos inquieta y él tener unas necesidades distintas. Puede darse la situación de que el niño esté feliz con su rutina, jugando, aprendiendo en el colegio…o al revés, que esté triste porque ya no tiene tanto libre como antes. Lo importante es cómo está el niño y que necesita.

 

La comunicación y la confianza es un vínculo esencial entre padres e hijos. Y por razones de la edad esta va cambiando y no siempre para bien, ¿qué papel juega el tener unos padres accesibles en la infancia?

Ana:
Es importante preguntarles y explicarles los nuevos cambios y cómo los viven: ya sea un colegio nuevo, mudanza, separación, nuevo hermano…Hay que contarles todo lo que necesiten o pregunten. Si es muy pequeño, la realidad como tal no la va a entender ni tiene por qué, hay que adaptarse a él mediante el realismo mágico y tener en cuenta cómo se dicen las cosas. A partir de los 6-8 años, según cada niño, ya se puede explicar las cosas con claridad, no hay que mentirles sino contarles los porqués.

Un niño aunque sea menor que nosotros en edad y estatura, no quiere decir que sea inferior a nosotros. Los niños saben, expresan y tiene actitudes que el adulto ya ha olvidado o renunciado a ellas, como el llorar, mostrar el cariño, ser creativo, espontáneo... El aprendizaje es bidireccional, el padre y la madre se enriquecen de sus hijos y sus hijos de sus padres.

El papel de padre o la madre es el de guiar, enfocar por donde podría ir su camino, enseñarles la ventajas de tener un pensamiento crítico. Él no tiene prejuicios, valores impuestos…y por tanto una mente más abierta y receptiva.


 

Es una responsabilidad enorme educarlos, se dice que los niños son como esponjas, nos copian, y somos un ejemplo para ellos. Esto también supone un sentimiento muy grande de culpabilidad en los padres.

Ana:
Hay que olvidarse del rol de superpapá, que lo hace todo perfecto, sino que se trata de exigencias de la sociedad sobre cómo me debo comportar en el papel de padre. Es fundamental llegar a un acuerdo entre el padre y la madre, y tener en cuenta las demandas de los hijos, que son muy distintas según la edad. Además cada persona es única y por tanto hay que tratarlos individualmente.

 

Los padres queremos lo mejor para los hijos, que no sufran, pero tienen que aprender viviendo las experiencias por ellos mismos ¿Cómo equilibrar esa sobreprotección?

Ana:
Deben aprender también qué es sentirse frustrados, aprender que no les podemos dar y proteger de todo. Sostener la frustración de no tener lo que uno quiere en un momento concreto puede ser a veces más angustioso para el adulto que para el niño. Tampoco hay que dejar de sentir el miedo, que es un mecanismo de supervivencia y no significa que se tenga que paralizar ante él. Lo saludable es poder expresar y sentir lo que acontezca, tristeza, miedo, frustración, fracaso…Traspasarlos no es lo mismo que taparlos o esconderlos.

Debemos acompañarles cuando se caigan para que aprenda las consecuencias y hacerles razonar. Se trata de enseñarles a cuidarse por ellos mismos para que en un futuro no te necesiten para vivir.

 

A menudo nos movemos en la balanza de la permisividad o la restricción ¿Cómo saber si soltar lastre o aplicar disciplina?

Ana:
Está claro que hay que poner unos límites sobre cómo funcionan las cosas, pero no con autoristarismo, sino desde la autoridad “de autor”, de persona que se le respeta por lo que dice o hace. Como explica Evania Reichert es diferente el rol del padre autoritario, a que el niño sepa que el padre o la madre son la autoridad, quienes marcan las normas, los protege etc. Depende de los casos pero que el padre o la madre muestre un límite o una norma puede ser el mejor aprendizaje para el niño. Hay cosas para las que evidentemente hay que poner una estructura, pero no a todo. Hay que respetar y no limitar su creatividad, autenticidad, espontaneidad…hacerles sacar lo mejor de ellos mismos y lo peor también, y a la vez que aprendan que consecuencias tienen sus actos. No tengamos mucho miedo a mostrarles cuando uno se pone triste, enfadado, impotente. Así amplían el concepto de ellos mismos. Uno puede ponerse triste en un momento y luego alegre, no somos solo un polo de las cosas, uno puede ser ordenado y desordenado, enfadica y alegre, simpático y…. aquí está la riqueza de nosotros.

Ayudarles a desarrollar sus potencialidades sacando también lo bueno de nosotros, nuestras habilidades. Por ello es bueno que se repartan los roles entre el padre y la madre. Si disfrutamos de lo que hacemos, motivaremos a nuestros hijos. Se trata de trabajar sobre nosotros para enseñar a nuestros hijos a conocerse, de una conciencia en los educadores que favorezca la conciencia propia de los niños. Claudio Naranjo plantea más el cambio en los educadores y padres que en los propios niño.

 

Hay división de opiniones en cuanto a si son idóneos los deberes en casa. En ocasiones son motivo de conflicto ¿Según tu experiencia qué recomendarías?

Ana:
A menudo generan angustia, ansiedad. En casa más que el contenido debe aprenderse una valiosa educación más humana, de respeto y valores. Hay que crear un hábito, una rutina que aporte cierta estabilidad y seguridad. Y también escuchar lo que vaya necesitando el niño.

Tienen ya mucha carga lectiva en clase, por ello hay que ayudarles o enseñarles a hacer las tareas, y compensar ese rato dedicado al estudio con otro tiempo de libertad, para saltar, correr, ir al parque o al contrario descansar, leer etc. y muy importante... que se relacionen con otros niños... Es bueno buscar cosas que gusten a ambos y se puedan compartir en familia, y que respeten que lo adultos también tienen sus ratos libres como ellos y se dedican a sus hobbies.

No hace falta mucho, pero sí un mínimo de media hora al día para jugar con los pequeños, porque si para el adulto su forma de comunicarse es con el lenguaje, en el mundo de los niños es el juego. Seguirles para crear un vínculo, una intimidad…para que el tiempo que dediquemos aunque sea breve sea de calidad.

 

¿Qué hacer cuando surge el conflicto y nuestras estrategias no funcionan?

Ana:
Buscar alternativas y no entrar en el pulso, en el conflicto. Descubrir lo que los niños nos están pidiendo con sus comportamientos con sus llamadas de atención. Cuando algo no funciona hay que cambiarlo, buscar un atajo. Debemos hacer un sobreesfuerzo por cambiar aquello que nos genera malestar, intentar hacerlo de una manera distinta. Podemos acostumbrarnos a lo malo o cambiar el hábito, y esto cuesta más porque solemos seguir las costumbres.

Consiste en tener la habilidad de darse cuenta de que algo no va bien. Tomar conciencia ya es el 80% del trabajo, y a continuación plantear un cambio y cómo hacerlo. Esto supone enfrentarnos a una dificultad y con imaginación buscar otra forma que funcione.